12.05.2021 21.01.2005


Hace ocho años mi padre tuvo un infarto al corazón, por consecuencia le pusieron dos stents, sobrevivió aparentemente sin repercusiones, pero tras la cirugía, desde la primera vez que lo vi en el cuarto de terapia intensiva, noté que algo raro pasaba con su memoria a corto plazo. Me preguntó lo mismo tres veces en un lapso de una hora. Avisé a los médicos, reconocidos doctores de la medicina mexicana, quienes me dijeron que era un efecto normal post operatorio de la anestesia, no había nada de qué preocuparse.

Mi padre se recuperó físicamente y en un par de meses estaba de regreso a su vida normal, sin embargo, yo seguía notando algo raro. Se lo dije a él, a su gente cercana, a la mía y nadie más que yo parecía darse cuenta. Pasaron los años y el problema se agravó, tanto que por primera vez mi padre accedió a ir a revisión con un especialista.

Ahí comenzó la temporada de visitar un doctor diferente cada mes, esperando que alguno pudiera ayudarnos, pero ninguno pudo decirnos con certeza qué es lo que estaba pasando con la cabeza de mi padre. Resonancias, radiografías, electroencefalogramas, pruebas dentro de tubos enormes en los que no se podía mover, un injerto en el dedo de la mano derecha por gangrena, el pie izquierdo podrido por la diabetes a punto de ser amputado más de una vez, episodios en donde no sabía en donde estaba, no reconocía su propia casa, necedades para seguir manejando o saliendo solo, negación para tener a alguien a su lado cuidándolo, paranoia, un casi coma diabético, bajas de presión que llevaban a convulsiones y muchas otras cosas que en ese momento me lamentaba, pero hoy entiendo que fue todo un proceso inmenso de aprendizaje para ambos. Él me acompañó en el camino a “hacerme grande” y responsable y yo le demostré que había criado a una verga de vieja.


Mi padre nunca pudo ser diagnosticado. Fueron años difíciles al ver cómo sus capacidades se iban apagando, como cuando dejas sin oxígeno a la llama de una veladora.


Hace poco tiempo, cuando la enfermedad anónima y la diabetes que sufrió durante muchos años habían hecho estragos en su cerebro, corazón, páncreas, piel, pies, ojos y riñones, hice una canalización con unas amigas pidiendo a mis maestros ascendidos, guías y seres queridos, que me permitieran saber si había algo que estuviera en mis manos en pro de aliviar el sufrimiento que atravesaba mi padre. La vida que vivía los últimos meses no podía llamarse vida. Durante la canalización se presentó mi madre, quien recientemente había cumplido dieciséis años de haber muerto. Una de mis amigas recibió un mensaje a manera de carta dirigida a mí. La carta en resumen decía lo siguiente:


“Querida hija: perdóname porque mi egoísmo y mi idea de una familia feliz me hicieron jalar a tu padre a este plano para que estuviera aquí conmigo, pero es hora de que él abandone el cuerpo físico. Para eso necesito de tu ayuda, necesitas soltarlo para que caiga, rebote y yo acá lo reciba.”


El mensaje me dejó confundida, no entendía qué significaba jalarlo y mucho menos cómo lo tenía que soltar yo. Por momentos pensé que me estaba volviendo loca al pensar que esa carta había sido dictada en serio por mi madre a mi amiga y por pasar semanas tratando de descifrar lo que quería decir con esos conceptos. Un poco después llegué a la conclusión de que soltarlo era internarlo en algún lugar especializado en atender viejitos en su condición, soltarlo para que pudiera morir y yo pudiera vivir en paz, porque cuidar completamente sola a un ser querido con una enfermedad así, todo el día de todos los días, rodeado de enfermeras y gente extraña en tu casa durante años, es algo agotador para la mente, el cuerpo y el espíritu. Por momentos sentí que iba a explotar, a implotar, a desintegrarme en el cosmos, a rendirme y abandonarlo todo para convertirme en una vagabunda de esas que van sermoneando acerca del fin del mundo mientras dejan una estela de olor a orines.

O a despertar una mañana en mi cama muerta, pelona y con la piel gris.

Visité algunas opciones de asilos y a pesar de que eran lugares hermosos en medio de la naturaleza, en donde los internos se veían contentos y el personal capacitado, había algo que no me permitía tomar la decisión final. Tenía la sensación de que mi padre iba a desencarnar pronto y la idea de que eso sucediera sin estar yo presente, en una cama que no fuera la suya (de sus tesoros más preciados porque ahí durmió toda la vida con mi madre) y rodeado de desconocidos que seguramente tendrían la intención de prolongar lo inevitable trasladándolo a un hospital, con el trato más zombie del mundo, me partía en mil trillones de pedazos el alma.


Por otro lado yo estaba a dos de colapsar.


Durante los meses en los que esperaba que un rayo divino me iluminara con la decisión, por aras de la vida, llegué con una canalizadora que no conocía. Durante la sesión me dijo que lo único que estaba esperando mi padre para poder morir, era ver a mi hermano por última vez. Cuando me lo dijo, pensé que era un error, que en realidad me estaba timando porque mi hermano era hijo sólo de mi madre, no compartíamos padre y la relación entre ellos nunca fue cercana. Mi padre no podía recordarme ni a mí ni a su propio nombre un par de días atrás, ¿cómo iba a recordar a mi hermano?.

Pasaron algunos días y por medio de una de mis almas favoritas, recibí un mensaje que le dieron sus propios guías para hacérmelo llegar, ella lo recibió a través de una tercera persona que no sabía de mi existencia y mucho menos de mi historia. El mensaje eran las palabras que debía pronunciar mi hermano en presencia de mi padre para liberarlo, recibí la información un poco desconcertada pero abierta de mente. Estuve días masticando el tema y al poco tiempo, llegué a mi casa una tarde mientras mi padre estaba con sus cuidadoras en la sala, me acerqué a saludarlos, le di un beso a mi papá y las cuidadoras me preguntaron: “¿Quién es Marcos?”, mi hermano, respondí, ¿por qué la pregunta?, me dijeron que mi padre llevaba algunos días preguntando por él, pidiendo verlo. Se me erizó la piel y supe que era algo superior tratando de guiarme para poder ayudarlo a irse pronto y en paz. Hablé con mi hermano, le conté lo que había pasado y quedamos en hacer la visita realidad. Esa misma noche, mientras me alistaba para dormir, estaba en el baño de mi cuarto y sonaba la música que la aplicación sugiere basada en mis likes y mi historial de reproducción. Estaba lavándome la cara cuando de pronto escuché el coro de una de las canciones más significativas en mi vida; Más que nada, de Miriam Makeba. Canción que mi madre, quien era cero musical, me pidió escuchar pocos días antes de morir. La aplicación de música que uso, es mayormente de música electrónica, ¿cuáles eran las probabilidades de que me sugiriera la versión de jazz electrónico de la canción original, que es Bossa Nova, justo ese día?, dejé de lavarme la cara, me acerqué a la bocina y me senté en la orilla de la cama con la cara goteando, la escuché completa mientras asumía que la muerte de mi padre estaba cerca. Mi madre estaba ahí, diciéndome que ya era hora y yo no podía seguir ignorando las señales de lo que me tocaba hacer para “soltar” a mi papá; llevar a mi hermano para que lo viera. Supongo que entre ellos hay un vínculo que yo no conozco. Estoy segura de que ellos tampoco conscientemente, sólo sus almas lo sabrán.


Pasaron un par de semanas para lograr coincidir en tiempos con mi hermano y concretar la visita hasta que llegó el día. Fue un sábado en el que desperté temprano, di una sesión de sapo súper intensa y cuando terminé, me subí al coche para ir a Tepoztlán a recogerlo. Regresamos a la Ciudad de México y sucedió el encuentro. Mi padre estaba en su cuarto, con sus cuidadoras, yo le di un beso en la frente y mi hermano le agarró la mano.

Él sólo balbuceaba y decía algunas palabras aisladas, sin sentido. Le pedí a mi hermano que dijera las palabras que me habían hecho llegar con ese objetivo. Lo hizo.

Le dijo: “Arturo, vete tranquilo, nosotros estamos bien acá, vete con mamá. Ella te espera. Nosotros somos cuates y no tenemos nada que perdonarnos, vete en paz”, mi papá sonrió y dijo “gracias”.

Estuvimos un rato más en la casa y después volvimos al coche para regresar a Tepoztlán. Mi plan era quedarme allá el resto del fin de semana. Ese día por la tarde quedé de ver a un amigo para tomar un café. Platicando con mi amigo, me preguntó por qué había ido y venido tantas veces en un solo día de la CDMX al pueblo, le conté esta historia y cuando estaba terminando, en el café donde estábamos, comenzó a sonar Más que nada, de Miriam Makeba. No tuve la menor duda de que de alguna forma yo había logrado soltarlo, que iba a rebotar y mi madre lo iba a cachar. Aunque seguía sin entender los conceptos, tenía la certeza de que mi padre estaba desencarnando.


El lunes volví a la ciudad y el miércoles a las seis de la mañana, una de las cuidadoras tocó a mi puerta. Me levanté sabiendo la razón. Abrí y le pregunté “¿ya, verdad?”, me respondió asentando la cabeza. Fui a la habitación de mi padre, comenzaba a tener estertores, lo cargamos desde el reposet hasta su cama, me acosté a su lado, abrazándole sólo la cabeza. Le dije al oído lo mucho que lo amaba, cuán agradecida estaba con él no sólo por la vida que me había dado sino por todo lo que hizo a lo largo de la suya demostrándome su incondicional y total amor hacia mí. Le dije que gracias a él yo era una mujer fuerte, independiente y que iba a estar muy bien. Que yo estaba muy bien, que se fuera tranquilo, en paz, que iba a un lugar definitivamente mejor que la 3D. Nada nuevo para sus oídos, nada que no hubiéramos platicado, nada sin decir, pero decirlo por última vez siempre es importante y la vida me estaba regalando ese chance.


A las seis y media de la mañana del miércoles doce de Mayo del año dos mil veintiuno, mi padre murió tranquilamente en mis brazos y yo no puedo estar más agradecida por haber tenido la oportunidad de acompañarlo hasta su último respiro, y también por haber tenido la sensibilidad de escuchar las señales que me permitieron ayudarlo en su proceso.


Te amo pá, gracias por todo siempre.